En medio de las vacaciones, miles de jóvenes enfrentan uno de los momentos más complejos del proceso de acceso a la educación superior. Para algunos, la incertidumbre surge de no haber quedado seleccionados donde esperaban. Para otros, de una sensación menos visible, pero igual de intensa: haber sido aceptados en la carrera deseada y aún así, no sentirse plenamente convencidos.
Las dudas vocacionales no distinguen entre quienes quedaron seleccionados y quienes no. Cuando la decisión se vuelve concreta, aparecen preguntas, temores y ansiedad. En ese punto, la pregunta deja de ser solo qué estudiar, sino si este camino realmente conecta con lo que se quiere y necesita hoy.
“La duda vocacional no invalida la elección, pero sí invita a revisarla con más conciencia. Incluso cuando se logra el objetivo esperado, es normal que aparezcan preguntas, temores o inseguridades”, explica Carolina Rojas, directora académica de CPECH.
Expectativas propias y familiares
Uno de los factores que más pesa son las expectativas, tanto familiares como personales: ideas de éxito, miedo a decepcionar, presión por no equivocarse o cumplir un proyecto de años.
“Muchos jóvenes sienten que ya no pueden dudar porque ‘todo salió bien’. Sin embargo, cuando la decisión se sostiene más en la expectativa que en la convicción, la incomodidad aparece”, señala Carolina Rojas. “Dudar no es ingratitud ni falta de compromiso; es una señal de que la decisión importa”, añade.
En las familias, acompañar requiere equilibrio. La intención de orientar y proteger puede transformarse, sin quererlo, en presión. Comentarios como “aprovecha la oportunidad”, “no puedes echarte atrás ahora” o “es lo que siempre quisiste” pueden cerrar espacios de conversación necesarios.
“Acompañar no es empujar hacia una respuesta rápida, sino abrir un espacio seguro para hablar de miedos, expectativas y deseos reales; escuchar sin juzgar es una de las formas más potentes de apoyo”, afirma la especialista.
Cómo avanzar con claridad
Frente a la incertidumbre, se recomienda evitar decisiones impulsivas y entender este momento como parte del proceso, no como un error. Informarse en profundidad sobre la carrera, conversar con estudiantes o profesionales del área, revisar la malla, proyecciones y estilo de vida asociado a la elección puede ayudar a clarificar.
“Avanzar no siempre significa seguir adelante sin cuestionarse; a veces implica pausar, ajustar expectativas o redefinir el camino, porque cambiar, explorar o incluso esperar no es fracasar, sino decidir con mayor conciencia”, indica Carolina Rojas.
También es clave cuidar la salud mental. La ansiedad, el miedo a equivocarse o la sensación de que la decisión define toda la vida pueden nublar el análisis. “No estamos frente a una decisión irreversible, ya que las trayectorias educativas hoy son diversas y flexibles, y bajar la carga dramática ayuda a tomar decisiones más sanas y sostenibles en el tiempo”, destaca la directora académica de CPECH.
Tomar decisiones con calma
Reconocer la duda como parte del camino puede ser liberador. Cada persona avanza a su propio ritmo y de maneras distintas, y eso también es válido. “La educación superior no es una carrera contra el tiempo, sino un proceso de construcción personal”, concluye Carolina Rojas.“Decidir desde la calma, el acompañamiento y la información hace que el camino —sea cual sea— sea más sólido”.

